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Rumelia

Natalia, con la vista fija en mí pero cuidando que nadie nos viera en la escalera, se había adelantado un escalón cuando me detuvo, y así, con ese peldaño de diferencia a su favor, con solo la mirada me llevo a conocer sus labios, el interior de su ser y los secretos abajo del vestido. Después, mucho después, aunque solo hayan sido cinco minutos, se separo lentamente, puso su cándida mano sobre mi frente y la deslizo hasta mis labios y dejó de hacer cualquier ruido por mucho tiempo mientras me miraba pidiendo silencio. Alguien pasó junto y solo simulamos ser dos amigos platicando algo intrascendente.

11.6.06 06:29


A escondidas y en silencio

Ahora creo en el paraíso y los campos floridos, antes… en las ventanas

-¿Y a poco eso es posible?

-Si tu no lo sabes, yo menos

-Mira, esta en la cama… estoy como mantequilla

-Es algo rara ¿Sabrá que la espiamos?

Claro que sabía que la observábamos desde la ventana del departamento vació de enfrente, claro que sabía que apenas veíamos que se metía a su casa, Beto y yo nos metíamos a la casa vacía de enfrente para fumar y espiarla como buenos chamacos de secundaria, y Gina, además de bonita era metódica, las primeras veces solo se sentaba en su escritorio y fingía estudiar, hasta que se levantaba, alzaba los brazos como para estirarse, se quedaba viendo la ventana, cerraba la cortina y apagaba la luz.

            La semana siguiente nos regalo con ver como se quitaba el suéter para nuestro deleite, una después casi se animó a ponerse la pijama enfrente de nosotros, casi, casi porque apago la luz y no vimos nada ¡Pero, como lo imaginamos y disfrutamos a obscuras! Y nosotros, por poco nos volvemos locos mientras ella nos triangulaba en el espejo de su tocador y disimuladamente nos observaba, riendo de nosotros.

Tenía bonito cuerpo, había crecido antes que nosotros, ya no era la niña que compartía la bicicleta y las canicas con nosotros, empezó por enseñarnos que tenía faldas, no las de la escuela, de esas que se usaban en los setentas y eran como para ponerle un monumento al güerito ingles que inventó la mini, hasta una vez se subió a la bici con la roja tableada, mmmm, era una cabrona con sonrisa mustia y piernas largas, ahora lo sé y lo disfruto.

Cuando esa tarde no salió a jugar Beto, me metí solito a fumar al departamento vacío, Gina, lo sabía, y ahí fue cuando aprovecho para mostrarme sus pechos redondos y pequeños por única ocasión, se paró de su escritorio como si cualquier cosa, puso en el tocadiscos a Barry White y se situó a bailar sensualmente enfrente de la ventana para buscarse en el reflejo y empezar a tocarse como yo no sabía que fuera posible, para cuando cayó el corpiño y terminó de desnudarse, yo ya sabía que venía después de las erecciones, ¡No me dio tiempo ni de tocarme! tenía algo que enseñarme y me lo mostró perfectamente. Esa noche ella durmió desnuda y con las cortinas abiertas para deleite mío y yo… no dormí, era una noche calurosa y yo esperé muchas horas hasta que el calor venció la sábana .

            -Hay, ¡No mames! Apoco me lo perdí

-¡Que te digo que si!

Nunca me lo creyó el buen Beto, pero ni modo, fue la última vez que las cortinas se abrieron en la noche, yo era el efectivo pero ni maiz paloma, se hizo novia del cuate de prepa que era como tres años mayor que nosotros y… ni pedo ¿Tanto trabajo para verse reconocida? Y al final solo se quedaba en una sonrisa velada cuando pasábamos uno enfrente del otro, en una vecindad que tiene… historia, en una ocasión hasta empezamos a platicar, puso su mano sobre mi hombro y me quede mudo viéndole sus torneadas piernas, bien calladito el cobarde de Manuel.

            Algo quedó claro, estaba guapísima para mí, solo para mí. Bueno al final… las patologías se atraen.

8.6.06 13:28


-¿La dosis?

-Cuarenta gotas en un vaso con agua, depositadas, una a una, con añoranza
-¿Estas segura?

-Como que estoy viva aún, es muy amargo, esta endulzado con jazmín

-¿Cuánto tiempo durará?

-Unas doce horas, será tiempo suficiente, creo que lo voy a probar

Yazmín era siempre era lo que tú querías ser, un pulso lastimado de lo que deseas para ti mientras no se dejaba llegar por la sugestión, por esa fiebre que la apasiona de sus sueños, pero siempre en paz

-No te lo puedo decir, puedo tratar de expresarte que siento, pero las palabras no describen ese sentimiento, es magia, es algo distinto a las palabras o la escritura. No soy yo misma, soy algo que pasa, un soplo en esta existencia, como la punta de una flama que sondea la madera buscando el carbón con un sentimiento sublime de serenidad
-Y entonces ¿Que hago yo?

-Duérmete conmigo y tómame de la mano al final del sueño, cuando me veas intranquila. Quiero que sientas como se coagulan las historias en la noche sin dejar que yo te las platique, ¡Quiero que las vivas!

-Sigues convencida que así te libraras de eso

-No, no me quiero librar, quiero compartirlo contigo, quiero que veas como deambulan alrededor y me ayudes a entenderlas, que veas como se coagula el tiempo y se vuelve gelatina de colores tu existencia

Fue un viaje al fondo de la noche, la preparación valió la pena, por buen rato nos concentramos en dejar la mente en blanco, me tomó la mano y me sacó a bailar en silencio, casi una hora de tenerla cerca y sentir como poco a poco se bajaba de nivel hasta que se dejó querer, muy de a poquitos, muy en silencio. No quiso comer nada, me llamó a la cama de nuevo y preparó su vaso de agua, me miró a los ojos

-No me dejes sola, te lo pido por favor, pase lo que pase quédate conmigo, cuídame mucho
Fue la última vez que la vi correcta esa noche, se dejó caer en un trance, su cara se volvió un caramelo de tranquilidad y, poco a poco se fue alejando de la realidad, su cara empezó a pasar por todos los tonos del amanecer hasta que me quedé dormido a su lado. Desperté cuando sentí que me apretaba la mano, Yazmín no había dormido nada aun, estaba como llamándome en una extraña mezcolanza de ruidos guturales que me llevaron a tratar de obligarla a tomar algo de agua y despertarla, pero era inútil, estaba perfectamente adormilada y desguanzada, totalmente inabarcable y solo la volví a tomar de la mano para seguir soñando con ella, alrededor de ella, a través de ella en un sueño en que solo adiviné colores y formas que efectivamente, nunca pude describir. Al día siguiente nos dio el mediodía cuando despertó sudorosa y muerta de hambre

-¿Lo viste? ¡Entró la luz en mí!, valió la pena, que maravilla

-Si, si lo presentí, porque no puedo decir que lo vi, solo vi tus ojos maravillados llenos de luz

-Es increíble la naturaleza ¡Y todo con cuarenta gotas del jugo del cactus de la entrada de casa de la abuela!

Se levantó, vi como se le revolvía el estomago y me pidió algo para desayunar. Nunca fuimos los mismos.
4.6.06 16:42


RUMELIA

Manuel Iguíniz Cárdenas


Poco a poco el sol apareció en el firmamento, entre las montañas se veían las columnas de humo que salían de los campamentos de leñadores y campesinos que ya estaban preparándose para laborar.

Juan, salió de su cabaña, respiro profundo para tratar de despejar la bruma de su cabeza y la penumbra del amanecer, trastabilló y caminó hacia el pozo para refrescar su garganta. Todo su cuerpo despedía el olor de su casa, los años acumulados entre las más distintas tareas y los más disimbolos pagos. Caminó sin pensar en el pasado ni mucho menos en que pasaría hoy.


Jueves, Viernes o Domingo. ¿Que diferencia podía haber?, todos los días eran iguales; Ya no había estaciones, ni días de fiesta. En realidad ya ni siquiera tenía importancia, todos los días eran Lunes y todas las noches nubladas. Últimamente, ya ni siquiera soñar tenía los colores de antes.

No sería necesario que la voluntad de Juan Octoxtli tuviera una dirección, el destino es más fuerte que cualquier hombre. Los vacilantes pasos con los que llegó al pozo eran la imagen del pasado que este día sería historia, el no sabía que su destino cambiaría como cambiaba el curso del humo cuando el viento lo alcanza al pasar acariciando las copas de los oyameles.

Tomó el agua con sus toscas manos y se preocupó por limpiar su cuerpo para prepararse para la faena, que a más de ser pesada es inacabable para él y para todos los que trabajan la tierra. Su destino era trabajar el campo, pero a partir del día de hoy seria con un objetivo diferente, tendría un sentido la relación entre el sudor de su frente y el fruto de su trabajo.

Regreso hacia su casa con mas ánimos, entró, avivo las brasas y se dispuso a preparar café‚ y un itacate para el resto del día. Que fácil es para los flacos no desayunar.
¬ ¡Compadre! - Se oyó a lo lejos. ¿De que? Sin vieja, chavos y últimamente ya ni siquiera perro era difícil tener amigos, menos compadres. En la distancia una figura se escondía entre la espesura, poco a poco Juan hizo memoria...

-¡Rumelia! te espero mas tarde en el jagüey, no olvides llevarte todo pa no tener que regresar- Ella, tenia 19 años. A los 19 de ella y 23 suyos nada les preocupaba, poco antes se habían casado, o que carajo, ” se huyeron “, nadie les impidió ser felices, ni los rumores de que la iglesia del pueblo no se iba a volver a abrir, ni que los militares que se decía quesque estaban a punto de venir de maniobras al pueblo. ¿Maniobras?, ¡La manga! Venían por su parte de la cosecha. El pueblo en el verano era el paraíso, la gente ya no se preocupaba pues el campo no necesitaba cuidados, todo era esperar que el tiempo y las lluvias terminaran su trabajo.

Tecopia, era un pequeño pueblo, trescientas familias a lo más. Desde que los chicleros habían regresado de las haciendas de la región el pueblo había tomado un aire de abandono. Mas gente y menos vida que curiosa situación.

La iglesia, sin quien la atendiera, parecía habitada por el pasado. Ceremonias sin sentido sé escenificaban cuando algunas personas del pueblo se sentían culpables o quizá solamente abandonadas.

Si, abandonadas del tiempo. Sin contacto con el mundo y con un “descanse en paz” dictado por el resto del mundo, ¿a quien le podía interesar un paraíso perdido entre las montañas? Y con solo un camino que ocasionalmente ocupaban los mismos del pueblo para visitar a otros pueblos igual de perdidos entre senderos que no van a ningún lado.

Eran las cinco de la tarde, Juan había terminado su labor, le dio gusto recordar que Rumelia lo esperaba. Al caminar disfrutaba de aquel paisaje que aunque parecía cotidiano, siempre tenía algo nuevo.

Esta vez era algo diferente en la lejanía se veía que algo se acercaba, en el camino apareció un camión destartalado y desconocido para él, pensó en esconderse, pero al oír el bullicio que salía de aquella troca, recordó sus dos años de escuela y el ruido de sus compañeros; Al terminar las clases y correr hacia el río.


Es fácil tenerle miedo a los extraños mientras no se sabe quienes son, de donde vienen o que costumbres tienen, lo complicado es comprenderlos, aprender algo de ellos. Preferimos a veces ignorarlos, otras mitificarlos o peor, pontificarlos.

El camión paro cerca de Juan y varios jóvenes lo bajaron preguntándole por el camino hacia Tecopia. Juan se extraño, estas personas no pertenecen a estos rumbos. Mas, sin embargo le inspiraron confianza.

Era inútil tratar de ahuyentar tantos recuerdos, comenzaba a pensar que esas épocas no volverían jamás, que recordar era solo mortificarse. Ya no tenía sentido, ¿para qué? Todo se estaba esfumado, el alma del pueblo, se iba junto con las balas de los fusiles.

¡Compadre! ¿Que no me oye?- Juan regresaba a la realidad y esta no le gustaba nada. Hacía poco que había tenido que dejar a Rumelia y a sus chilpayates, y la verdad, ya los extrañaba. No era fácil cambiar de afectos ni de manera de vivir y dejar sus costumbres diarias le molestaba.

-¡ Si tan solo pudiera regresar a esas épocas ¡- Se dijo Juan a si mismo, - Cuando la conocí, mientras pensábamos que podíamos lograrlo todo, que nada en este mundo iba a poder separarnos, que ese amor joven, ardiente, que creía poderlo todo se iba a convertir en algo más profundo, más intenso y al mismo tiempo más lejano.-

-¡ Compadre, despierte ¡, en que viene usté pensando - le dijo su compañero, - En nada, en nada.- contestó Juan. – No se me desanime, va usté a ver que salimos con bien de esta, Diosito sabe que vamos con la buena, así que despabílese y jálele - le contestó.

Juan y Eulogio caminaban junto con un grupo de hombres de distintas edades. Juan podía sentir la fuerza del compañerismo, la energía que produce la unión de varios hombres que luchan por una misma causa. Y esto era un aspecto de la guerrilla que por alguna razón lo motivaba a seguir adelante, le daba esperanzas el ver tantas mentes unidas a un mismo fin, a un fin bueno, necesario y justo. Tan difícil como era cultivar el campo era mantener las amistades, quizá ni lo eran, quizá solo compañeros de infortunio.

Mas sin embargo la platica que le hacia su compañero no era mas que una música de fondo que lo acompañaba mientras en su interior pensaba en otras cosas. Eran de esas palabras que a tanto oírlas se nos hacen familiares y al final no sabemos si son verdades o mentiras, siguió caminando sin profundizar en la plática.

Juan tendría ahora unos 42 años, había tenido la oportunidad de formar una familia grande, que pasado el tiempo se había consolidado, pero ahora cuando ya había visto pasar su vida, veía con otros ojos lo que había sido y lo que podría haber sido si la justicia y la paz, hubieran existido desde antes. Ahora tenía tiempo de pensar en los hijos de sus hijos. Y que mejor manera que luchar por ellos.

Y mientras atravesaba un campo de milpa, se encontraron con los habituales pastores, - ¿Qué novedad hay?- les preguntaron -¡Cuidado en Barranca Onda!, ¡Parece que los quieren emboscar por allá!- Juan que ya estaba desanimado, al oír lo que podría ser un posible encuentro, dejo mostrar en sus ojos por unos instantes una chispa de miedo, y lo sabía, pero era curioso: Juan estaba ahí metido, por gusto propio.

Por que dentro de él estaba esa furia contra el sistema gubernamental y contra aquellos que la hacían regir a su gusto.

Por esos hombres que sin ningún derecho, privan de libertad al pueblo y lo despojan de sus costumbres. O quizá solo estaba rabioso con él mismo, ya no creía que la solución a su México era repartir la riqueza, ni tampoco veía como enemigos a los representantes de un estado que cada día era más etéreo, más distante y sin sentido.

Por alguna razón, Juan alcanzaba a sentir rabia interna, de alguna forma pensaba que existía un modo de cambiar el futuro de sus hijos y el de los hijos de sus hijos, pero no le gustaba pensar que la única opción libre con la cual lograrían algún cambio, era la guerra. Él quería imaginarse una solución diferente.

Que importaba si era guerra o guerrilla, - pa’l caso es lo mismo, la intensión es obligar al enemigo a hacer nuestra voluntad.- Pero Juan se daba cuenta, poco a poco que no todos tenían la misma opinión sobre la guerra. No todos iban con el mismo fin, Juan no concebía que se entendiera como acto de grandeza, como era posible que se sintieran impulsados solamente por el amor a la gloria.
La guerra no era campesina ni popular, mas bien era algo que salía de dentro. Una intranquilidad que brotaba de lo más profundo; tantos años sin quien los guiara, tanto tiempo sin saber de la civilización, de las maravillas del progreso. Los viejos del pueblo ya no tenían valores y los jóvenes no sabían de nada. ¿Que‚ valores podía tener un pueblo sin guía?

Al estado no le importaba un lugar tan alejado, ¿Qué provecho le podían sacar a una punta de pobres que vivian entre los cerros? ffice:smarttags" />La Revolución solo les dejó el recuerdo de la leva y las promesas de la tenencia de la tierra. Solo cambió el nombre, de ser suyas se convirtieron en “ejido” ni siquiera sabían que quería decir eso. Antes eran sus tierras, ahora son “nuestras tierras”, si es que esto tiene algún sentido.

Estos nunca fueron de los elegidos, nunca supieron de escuelas ni de doctor. La iglesia ya ni siquiera les mandaba gente, lo ultimo fue una escuela parroquial que por algunos años medio había enseñado a leer a algunos en el pueblo. Les quitaron sus dioses, sus curanderos, sus templos y sus ceremonias.

A cambio les dejo un templo sin sentido, con altares vacíos que poco a poco regresaban a las antiguas ceremonias que nadie recordaba y todos sabían como eran.

Al cabo de cuatro días, la cabeza de Juan estaba a punto de estallar. Su constante indecisión acerca de la guerra, no lo deja descansar. Las jornadas eran largas, inacabables caminatas para llegar de un pueblo a otro, para conseguir alimento, para cargar agua. Después de varios días de fatigas, decidieron descansar, lo mejor seria separarse ir a sus respectivos pueblos y tomar ánimos para seguir.

El enemigo no tenia cara, por momentos pensaban que ni siquiera existía, que no era real. Pero no era as¡, el enemigo tenia cara, la de sus mismos compatriotas que no tenían conciencia, que por un pedazo de pan vendían su alma al mejor postor. La ignorancia era su peor contrincante, tener que dar la cara a un compatriota que era igual a todos con las mismas carencias, con los mismos problemas. Y a mas, el miedo, el peor consejero de las desgracias. Como controlarlo si a fin de cuentas no sabían por que luchaban.

La diferencia entre ellos estaba en los momentos fugaces que al paso de los años forman la personalidad y le dan carácter a una existencia, a algunos les paso, cuando perdieron sus tierras, a otros mientras les robaron la cosecha y los más desafortunados cuando les tocaron lo mas profundo, lo que más nos lacra: Cuando les trataron de robar la dignidad, cuando se quedaron sin nada, mientras sus recuerdos se esfumaban no por falta de memoria sino por exceso. ¿Cómo recordar que me sobajaron?, Que me quitaron mi felicidad o quizá como a Juan que le violaron la dignidad.

Cuesta mucho trabajo hacer memoria de los momentos que forjan la vida, si estos son desagradables. Que diferente es recordar los momentos agradables, estos momentos son eternos. Como olvidar aquel instante en que Rumelia salía del río con el pelo mojado dándole forma a su espalda, ni siquiera le había visto el rostro. Fue un instante que duro en la memoria de Juan por toda su vida. Rumelia se daba cuenta de la atracción que ejercía sobre Juan, y poco a poco se enamoró. Al principio la atracción física del amor a primera vista y después profundamente de su alma sensible. Juan decidió emprender el camino de regreso a Tecopia junto con sus compañeros que también vivían ahí.

Era un largo camino de vuelta a casa, pero Juan pensaba que valía la pena solamente por encontrarse de nuevo en su casa, rodeado de sus hijos que tanto había extrañado y disfrutaba de aquel aroma, de café hervido.

Momentos felices abarcaban la mente de Juan, no podía ocultar la alegría que le causaba el saber que dentro de pocos días se reuniría de nuevo con su familia. Pensaba en aquel río, donde la conoció sin saber quien era. Aún no le veía la cara, pero ya sentía su presencia. De alguna forma se complementaban, no solo mental o físicamente, (Rumelia era alguien especial, tenia algo en su forma de ser). Una personalidad bien definida, con una gran presencia, misma que infundía alegría a todo aquel que tuviera a bien mirarla.. ¡Cúbrete compadre!, Oyó que le gritaban, de donde salían los tiros, no supieron, y al menos esperarlo; estaban rodeados.

Era un destacamento pequeño, pero tuvieron buena suerte, estaban acampados junto al río cuando el vigía les aviso que dos personas se acercaban. Lo demás ya fue fácil. Ni siquiera tuvieron que usar la violencia, los rodearon y no les quedo más remedio que rendirse.

¡Identifíquense!- les gritaba un militar de bajo rango, algo regordete y con cara de citadino, que tenía entre sus manos una pistola.. ..

-¡ Pos suéltennos ¡- les contestaron, con las manos amarradas en sus espaldas- estaban todos adoloridos después de los maltratos de la tropa. Afortunadamente habían dejado sus armas tiradas en el pasto, mientras tomaban algo de agua del río. Eso evitó que los sorprendieran armados, y con esto, se eliminaba prueba alguna en caso de que los acusaran. Pero eso no evitó el traslado al campamento federal, ni los maltratos de los que pensaban eran iguales a ellos. Solo los uniformes los distinguían, en el fondo eran iguales, un pendejo de traje no deja de serlo.

Entre la tropa había un par que incluso eran de su pueblo, los que por suerte no los delataron, los delataba la mirada inteligente, la forma retadora en que se quedaban viendo a sus captores. Era imposible resistirse, los tenían, cercados, mas le valía pensar en sobrevivir, serenarse aunque la rabia contenida los empujara a romperles la cara. No tuvo tiempo de seguir pensando como escapar, un fuerte golpe lo desvaneció, de aquí en adelante no sabría de sí mismo nada, ni siquiera en donde estaba.

Era como si el tiempo se hubiera detenido, ya no tenía control sobre su persona, otros eran los que disponían de su destino.

La celda donde despertó, olía a humedad, no medía mas de 2 por 2 metros y la única luz penetraba por una pequeña ventana que ni siquiera alcanzaba. -¡Que carajos, como me deje sorprender!. ¡Esta pendejada la voy a escribir pa no volverla a hacerla, pa que no se me olvide!-

No tenía idea de cuanto tiempo había pasado, le dolían todos los huesos y sentía un hoyo en el estómago, podía ser lo mismo de dolor o por hambre, total que importaba.

Con el correr del tiempo empezó a tomar conciencia de su situación, su único contacto con la realidad eran las pocas veces que se abrían las puertas de su celda para darle lo que se supondría era comida y retirar el balde que le servía para hacer sus necesidades, estaba preso y poco a poco empezó a sentir lo que era la libertad y lo que era perderla. Ya sabia quien mandaba, cuales eran las reglas, nomás le faltaba conocer a su verdugo.

-¿ Hasta donde voy a llegar? ¿Esto no tiene salida?. Había salido de mi casa con la intención de cambiar algo, de hacer algo de provecho, ahora me doy cuenta, de que la justicia de un hombre es injusticia para otro.-
Los esfuerzos de la revolución por lograr la paz, la igualdad, el reparto agrario y la libertad no solo se sentían vanos, además eran esfuerzos necios por regresar a lo mismo. El pueblo seguía igual, nunca nada mejoró.

Todo termino en quitarle un poco a los que tienen todo y arrebatarle todo a los que no casi tenían nada. Eso sí, a cambio de un certificado agrario que ni siquiera les dio la tenencia de la tierra. ¿Como es posible tener una población rural tan grande en un campo tan pobre?. La única riqueza era tener hijos, muchos hijos. Que importaba que no supieran ni leer era el único patrimonio que autorizaba la revolución.

Juan se preguntaba constantemente si había valido la pena dejar a sus hijos, a su Rumelia, a su casa con todo y guajolotes, ¿Cómo estarían sus tierras? ¿ Quién las cuidaría?. Y si había valido la pena entregar su libertad. Lo había dado todo, sin recibir nada a cambio.

Era difícil pensar en lo que había dejado por la causa, y a final de cuentas se cuestionaba a solas -¿Pa que carambas me metí a esto? Pocas veces en su vida Juan había llorado, esta vez fue inevitable, no había forma de desahogarse de otra manera.

Podía sentir el miedo dentro de sus venas, miedo. Pavor a no poder ver la luz del sol otra vez, a tener que convivir con su presente para siempre, siempre.

La ventanilla se abrió, Juan permaneció en el fondo de la celda. Estaba obscura y húmeda, su piel desnuda empezaba a llagarse. Una cabeza se asomo, parecía que solo estuviera revisando que Juan no hubiera decidido rendirse....

Rumelia llego a su casa, los dos niños la esperaban, no sabía como enfrentarlos. Todo lo que se le ocurrió fue fingir tranquilidad, los rumores en el pueblo decían que su Juan había sido aprendido, los dos soldados de Pueblo se encargaron de avisar. ¿Que hacer? Ir a la comandancia a preguntar, o acaso, prepararse para algo peor. Pero no, decidió enfrentar el problema cara a cara. Tomo unas pocas de sus cosas y salió de su casa...

Cuantos años habían pasado desde que lo conoció, mientras lo miraba a hurtadillas en las fiestas del pueblo, y lo veía pasar orgulloso para ir al campo, ahora era la oportunidad para demostrarle cuanto lo quería. Cuanto apreciaba el hecho de que hubiera ido a la guerrilla para defender lo indefendible. Fue más fácil intentar lo inalcanzable que quedarse mugiendo su ignorancia y su pobreza.
Fue fácil era suponer que llegaría al campamento militar y se lo entregarían sano y salvo, era mas problema idear un plan para sacarlo. Pero no, decidió hacer lo más sensato, tomó a sus hijos y salió del pueblo. Ella sabía como ponerse en contacto con los compañeros de su marido y as¡ lo hizo.

Caminaba hacía el campamento rebelde. Era un lugar escondido en lo más profundo del bosque, rodeado de cañadas, donde los rebeldes tenían su refugio, ah¡ parecía no pasar nada, al llegar se dirigió al jefe, un señor de la misma edad que su marido, aquel que muchos años atrás había llegado a Tecopia en aquel camión destartalado pero lleno, no de bienes, sino de esperanzas.

Ahí no tenían problemas los campesinos ni los que los comandaban, la solución de nuestros problemas es la liberación, para que cambiemos es necesario conocer que vivimos para vivir, en el sentido más real. Necesitamos aprender a disfrutar la vida realmente. Eso era lo que pasaba en el campamento, nadie se preocupaba del mañana, todos vivían y convivían sin preocuparse por el mañana. Que‚ ilógico que ese era el motivo de su lucha, !Tener un mañana ¡ ¬ ¡Padrecito! - Le dijo llorando- agarraron a mi Juan....

Cuanto había pasado desde que ese soñador llego al pueblo a tratar de enseñar algo, mientras fue él quien había aprendido de la gente lo que era vivir en el campo, virtudes como la sencillez, humildad, desprendimiento, entusiasmo, pero también lo que es la pobreza, la soledad y la injusticia.

Aquel joven, que ahora se había convertido en sacerdote, muchos años atrás, había visitado Tecopia con la mejor de sus intenciones. Tratando de llegar a sembrar algo de esperanza en esos corazones olvidados por el progreso. Sin pensar que su gran corazón lleno de bondad, no tenía oportunidad de cambiar mas que el sentido de vivir su vida, cuando aquella tarde que llegaba a Tecopia acompañado del
joven campesino:

¿Rumelia, Que‚ haces aquí?- le preguntó el padre. Si por m¡ fuera no estaría aquí y no pasaría nada, no lo estoy por mi deseo, lo estoy forzada por una agresión que es artera y cobarde y en la que a m¡ me toca resistir. Ayer en la tarde agarraron a m¡ Juan, tantos años escapando de las agresiones permanentes del poder, y ayer cayó. ¿Cómo esta él? - Le preguntó el padre, - Lo único que sé es que lo tienen detenido en el campo militar.

Cálmate Rumelia y platícame que paso. Era ya tarde y el campamento rebelde estaba ya en silencio, solo se oían los cuchicheos de los compañeros de Juan. Pero no se animaban a salir de sus cobijas, quizá ah¡ se sentían protegidos.

Juan y Rumelia habían pasado mucho tiempo reclamándole al Poder su parte de la justicia, que los respetaran como hombres, y nunca habían sido escuchados ni respetados. Todos los días había motivo, causa y razón para agredirlos y ofenderlos y eso había tenido su límite el día de aquella visita en que el joven soñador estaba a punto de terminar su misión en ese pueblo.

Rumelia y Juan enamorados se habían casado ése día, el joven misionero les había dado la paz y la tranquilidad, para unir sus destinos con todas las de la ley. Eran las cinco de la tarde la fiesta del casorio, estaba a punto de terminar, Juan y Rumelia eran el centro de atención, el marco era su casa bellamente adornada con flores.

Cómo paso ¿ quien lo sabe?. Pero en aquella soleada tarde había nacido una amistad, que duraría para siempre y que poco a poco había ido fraguando hasta llevarlos a unirse con muchos, para defender lo justo. Que a final de cuentas era algo intangible.

Nadie pudo afirmar con apego a la verdad de donde nació esa fuerza que los unió, pero poco a poco el destino los había encaminado a involucrarse mas en tratar de eliminar las conductas egoístas que los oprimían política y económicamente.

Al menos imaginarlo, ya se encontraban entre las montañas buscando eso que es intangible, la libertad: la habían disfrutado a costa de abandonar uno, las comodidades de la ciudad, y el otro, su familia y sus tierras.

El sacerdote y Rumelia, platicaron largamente, parecía poco sensato intentar algo inmediatamente, y as¡ finalmente decidieron fraguar un plan para rescatarlo. Entre todos sus amigos aportaron su experiencia y capacidad, para lograr tener una estrategia para liberarlos. ¡Cuál estrategia! Intentar liberarlo seria suicida, lo único que se les ocurrió fue intentar entrar al campamento militar fingiendo que Rumelia visitaba a otro soldado. Que irónico Contra qué luchaban, contra hombres o contra sistemas. ¡Pst! . Te digo, Felipe no digas nada- dijo Rumelia- Se había logrado introducir al cuartel donde estaba detenido su marido. Felipe un soldado, natural del pueblo de Tecopia, puso cara de sorpresa al reconocerla.

-¿A que vienes? Nos ven y nos joden- le dijo el soldado. - Pues a que crees, necesito ver a mi Juan -. Le dijo Rumelia. No necesitaron más palabras para identificarse con unas pocas señas ya sabían lo querían, estaban en lo mismo. – Esta bien - le dijo el militar –Deja pasar un rato y hay nos vemos más tarde, voy a ver como le hago pa que entres - y luego en voz baja le dijo –Hay que esperar que este oscuro que llegue el silencio -.

No hubo necesidad de usar la violencia. Estaba muy oscuro, había un silencio extraño, caminaba pegada a la pared, solo se escuchaba su corazón y su respiración, trató de calmarse, respiró hondo y soltó lentamente el aire. Trató de recordar todo lo que le habían dicho que hiciera. Es horrible he perdido a mi marido, y ahora estoy en peligro de muerte, -¿Por qué, por qué?- , Nunca le hicimos daño a nadie. ¿Desde cuándo esta prohibido quejarse? -

A lo lejos se escuchaban unas botas que se acercaban, eran dos soldados- ¡No te muevas Rumelia! Si lo haces nos descubren- uno de los soldados abrió la puerta.-¡ Silencio aquí no pasa nada!- muchos suspiros de alivio se escucharon en el corredor y Rumelia pudo al fin entrar a ver a su Juan. No había llave para dejarlo escapar, pero al menos pudieron platicar un poco.
Cuando salió del campamento estaba mas confundida que al llegar. Había platicado con su Juan y no sabia que pensar, a través de una pequeña rendija no se podía ver el rostro y ni siquiera sabia como estaba, no le pudo ver los ojos.

La puerta de la celda se abrió de pronto se escucharon pasos que se acercaban, era un militar de graduación- Haber tu, mas te vale que me digas la verdad, que hacías en el campo cuando te agarraron. Juan se limpió, inquieto, los bigotes. Pues lo que es a m¡ no me pasa nada, usté ya sabe. Que le puedo decir- Abrió su camisa, y le enseñó su pecho. Estas son las heridas que se ven, pero las que no se ven son las que usté sabe que me tienen aquí. Además, ¿Cree usté que tan fácil voy a rajar?, ¿Cree usté que tantos años en la brega y orita nomás le voy a cantar?.- Y sino. ¿Cuándo?- le dijo el comandante.

Juan volvió a guardar silencio un rato, y le respondió - ¡Yo hasta orita he peleado como hombre, y aguantado sus jaladas. Pero ya es mucho, ya no tengo paciencia!- Luego lo miró fijamente a los ojos y le dijo más con el corazón que con la boca- ¿Sabe? Usted y yo somos iguales. Los dos luchamos duro y eso ya no va a durar mucho tiempo, alguien va a terminar jodiendo al otro, y yo no me voy a rajar.-
- Sé que usté tiene sus razones y yo tengo las mías. usté lucha por convencimiento y yo más -. El militar se lo quedo viendo fijamente dio un par de vueltas alrededor de la mesa donde lo interrogaba y sin decir nada salió del cuarto de interrogatorios. -Carajo Diosito, mientras más viejo con mas ganas te rezo- Se quedo musitando.

Tenía mucho frío y todo le dolía, quería gritar -Ayúdenme- pero estaba muy débil y no pudo, se sorprendió de verse en esa condición. Buscó el suelo tratando de llegar al rincón de su celda, y no encontró nada. Poco a poco cayo en la realidad, se encontraba libre. Como había pasado, no lo supo, pero el militar le había encontrado los ojos. Seguramente temeroso de un movimiento más fuerte y radical, decidió darle un susto para de ésta manera poder confirmar su omnipotencia y amedrentarlo, pero, aún así, en el fondo los dos sabían que luchaban por lo mismo. En diferentes bandos, pero con un mismo fin.

Hasta ese momento, cayeron en cuenta que no se habían encaminado hacia el campamento sino hacia su pueblo, quizá la lucha tendría un nuevo sentido y el frente de batalla sería diferente.

Ya no pensaba que los habían soltado por mensos ni por mansos. Estaban libres por que sus ojos se habían encontrado.¡ Libres! ¬¡ Están libres! - Unos hombres corrían a Tecopia, en el camino, madres y esposas llorosas corrían para buscarlos. Para Juan y su compadre, ya no estaban perdidos en la selva obscura de la realidad. Sin embargo, habían podido pensar que algo les había cambiado la vida. Comprendieron, que los caminos de la justicia y la verdad, dependían de las actitudes personales de cada individuo y no de las instituciones que las representaban.

La cosa no era contra las instituciones, él ejercito podía ser bueno o malo. Los evangelistas a la mejor podían tener algo de razón, si venía la tropa, pues ya se acostumbrarían a que abusaran del poder, pero en el fondo sabían que estaban vivos, por que habían visto en el fondo de los ojos de las demás personas, lo que les habría de dar un motivo para vivir. Habían aprendido a encontrar el lado humano de los demás. Ahora la guerrilla tenía más sentido, ya no era contra las instituciones era para encontrar y convencer, al alma de los demás.

Con el tiempo todo volvió a la normalidad, la guerrilla al ver que el gobierno cedía, se regresó a sus lugares, sus dirigentes encontraron espacios en otras partes para poder defender a la gente de Tecopia y de muchos otros pueblos. El ejército recuperó, poco a poco, el respeto de la gente y su lugar en la sociedad. Y claro Juan y Rumelia encontraron le felicidad.

No hay una solución única para nuestros problemas, son muchas tantas como Juanes y Rumelias hay en nuestro país. Mas siempre estas soluciones tienen que ver con nuestra capacidad de perdonar y de amar.

La Justicia es la finalidad del gobierno, no importa cuanto tiempo la sociedad se tarde en encontrar la verdad, mientras más se perfecciona, será más fácil que todos encontremos la felicidad que nos proporciona la estabilidad del complejo sistema en que nos desenvolvemos.





Manuel Iguiniz

15.5.04 19:33





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