GRAVEDAD
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Amores que matan, para poder sobrevivirffice ffice" />
Usa mucha blusas blancas con flecos muy femeninos que combina usualmente con faldas largas –Todo lo compro al dos por uno y fuera de temporada, sino, no se puede- y le gustan las telas pesadas para parecer como antigüita, como de caleidoscopio, pero la verdad es que no tiene gusto para vestir en la serenidad con que lleva la vida –Ay… no se que ponerme- y no le importa eso, ya que a final de cuentas solo sirve para cubrir la ropa interior de color café con leche que siempre, supongo, usa sobre su piel tan blanca; de los zapatos, mejor ni hablamos. Para Gloria es fácil aceptar las fantasías si tienen algo un poco verosímil, por Dios, bien sabe que todo es una mentira absoluta, que pudo ser y al final será tan existente que la llevaría dentro y formaría parte de su forma.
Siempre es ella misma, siempre escrupulosamente sobre el mismo reloj que es la espada de toda la vida, ese que siempre marca las mismas horas para hacer lo mismo cada día, y día a día, bueno, el tahalí de cuero la ha cambiado un par de veces cuando el desgaste ha sido demasiado evidente. Siempre acostumbrada a su rutina semanal, excepto los sábados que vuelve a colocar su ropa recién lavada y asoleada –Me choca el olor a humedad- cuidadosamente en las gavetas de su closet como sarcófagos de ordenados, entre los jabones de dulce olor para el domingo -Que es día de guardar- en que aprovecha las tardes para sentarse un rato al piano y después, en su pequeño secreter de cuando era niña, a escribir su diario de siempre –Como me enseñó mamá- y disfrutar las cosas que con tanto empeño arregló el día anterior. De vez en vez, mientras descansa la vieja pluma Parker de dos colores y ese punto que varía de lo más fino cuando escribe cartas de amor, a esos rasgos gruesos azules, siempre azules, de cuando finge enojarse con el papel mientras escribe, y la acompaña desde la secundaria cuando se la regalo su tía Maria del Pilar, esa de pelo largo, negro y sedoso –La que siempre está sonriendo- que perpetuamente se acuerda de ella en sus cumpleaños porque le envidia su serenidad para existir.
Saca la agenda negra que todos los años lleva meticulosamente para ver sus citas del día y saber que es lo que “no” va a hacer esa semana, se pone sus lentes, porque a final de cuentas está escrito desde siempre, desde que se acuerda como su padre la enseño a llevarla, día a día y con la misma tinta índigo y letra alemana, con espíritu de contador de empresa familiar, los números de emergencia en la última pagina y siempre sin actualizar –A fin de cuentas nunca los he usado- junto al mío que por alguna misteriosa razón se niega a poner en la M del directorio. Todos los días de la semana cuando atardece, llega a su casa y al abrir la puerta, respira profundo para llenarse los pulmones con el olor de su morada, para avisar que ya llegó, o más bien para comprobar que no hay nadie, porque tiene varios años de vivir sola y cada vez siente más miedo al llegar y encontrar todo a obscuras, –No tengo miedo, no tengo miedo- se dice a si misma mientras llega a un apagador y lo acciona sintiendo alivio, entra a la cocina a prepararse el mismo té de azahar de siempre –Ya no sabe igual que antes- y se sienta en las sillas verdes de aluminio del desayunador para ver algo de televisión y cenar cualquier ligera que siempre la mantenga delgada –Es de mala educación cenar en la cama-
Así era todo el tiempo excepto un día cada mes, cuando me invita a… copular –Siempre me a gustado la palabra copular, es tán…diferente- era el día que aprovechaba para cambiar sabanas y poner una almohada extra, quitarme poco a poco la ropa sin dejarme participar en la ceremonia y doblarla cuidadosamente encima de su cómoda de madera perfumada –No quiero parecer egoísta pero no hay lugar en mis cajones- antes de entrar ella misma al baño presurosa, sin siquiera un pequeño coqueteo previo a la ulterior relación, para desnudarse y salir envuelta en una toalla para meterse casi subrepticiamente con las luces apagadas a la cama, para dejarse querer de a poquitos toda la noche del final del infinito, con tal silencio que opaca mis palabras, y así, hasta el amanecer. La verdad es que en una ocasión, mientras Gloria estaba en la ducha, guardé algo de ropa mía en el cajón de abajo, ese que nunca había visto abierto y me sorprendí cuando lo vi lleno de libretas meticulosamente numeradas y con los originales de los escritos –Solo es un pasatiempo sentarme a escribir, no me hagas mucho caso- de la escritora favorita de los culturosos de la ciudad, que sorpresa para mi, que no la esperaba.
Siempre tuvo miedo de no parecer lo que era, una citadina estresada esperando un día del mes, con el mismo parco maquillaje y las cejas sin depilar y solo en ocasiones especiales un poco de perfume del que usaba su mamá – Mmmm… huele como a maderas-, -Olor a encierro- le puntualizaba yo, para a final de cuentas no saber donde está la sustancia y solo amar por amar las sensaciones. Y es que somos tan incapaces de ser, ésta es la verdadera tragedia de nuestra existencia, la de no poder, o no saber ser en el presente; se que no me incumbe, pero me preocupa –¿Que dirían de mi mis amigas?… ¡Si nos vieran!- más que a ella, que ya se acostumbro a tenerme. Usa una bolsa de cuero con un monedero de broche de esas que ya no se utilizan, pero son muy practicas y en la que cabe todo, atrás de las tarjetas de crédito que no usa –Pinches tarjetas, son un fastidio necesario-, escondida, tiene una foto mía que no se de donde sacó y siempre está impecable porque solo la mira de reojo muy de vez en vez. Es una víctima consumada –¡Eres un intelectual!... eso te lo digo sin ánimo de ofender, No se necesita talento… solo dedicarse- que siempre sabe donde está su lugar y… lo disfruta con el impostor de mi compañía por una vez al mes, esperando no tomar otra utopía incorrecta nunca.
Inmensamente irrelevante -¡Cuídate mucho hijita! siempre me decía mi madre- pero no, claro que el olor a mi, no, no lo puede disimular ni con esa fragancia dulce, entre mandarina y chocolate que usa de a diario y se pone meticulosamente antes de despedirme al día siguiente en la mañana para desahuciarme, dejarme impregnado y recordándola todo el día y todo el mes, al menos, eso es lo que pienso cuando la veo en la nostalgia del ojalá ya sea fin de plazo, y me hable melancólica para doblar en el alféizar de su serenidad mi corazon.
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Nunca jamás ffice ffice" />
Sobre el piano estaba un vaso dejando huella con su sudor frío, llegó Andrea, se lo quedó viendo y lo levantó para limpiar delicadamente el barniz negro con el dorso de su mano, se sentó en el banco dándole la espalda al lustroso instrumento y de frente a la algarabía de la fiesta, después de todo, Andrea no era tan bien educada y la dulzura que mostraba en su sonrisa era dueña de un genio capaz de despertar casi sin motivo, volteo a buscar al dueño del vaso y procedió a derramarlo completamente y despacio en la bolsa del saco del sorprendido sujeto, casi acariciándolo mientras lo hacia
-Malditos músicos, se creen una caricia de Dios-
Alcanzo a susurrar a su oído antes de dejar más desconcertado a quien tenía enfrente, se terminó de parar para despedirse del sorprendido sujeto con un
–Gracias, es un placer-
Como de quien no debía ni temía y ante la estupefacción de todos, caminó hacia mí y me pidió que la sacara a bailar y después de recorrer la pista un par de piezas, me dijo
–Sácame de aquí-
Todo fue circunstancial después, que les puedo platicar del camino al paraíso: el cielo azul de luna llena bien lleno de estrellas, los chocolates amargos que no se de donde salieron, la soledad de dos en lo solemne y sublime de la sonrisa con que me invito a pasar la noche con ella, eso si, con la condición que fuera muy tierno para disfrutar su algarabía en la almohada hasta el amanecer
-¿Es una promesa?-
Me pregunto
-Es magia esperar la alborada contigo-
-Esta será una historia ajena ¿Para no contarla nunca?
-Para no contarla jamás (Hasta que hoy llego el nunca jamás)
Estaba en su naturaleza el buscar problemas y hallar soluciones, pero este hallazgo fue diferente, permaneció sentado para el desasosiego de un perdón que nunca llegó, claro que no llegó… porque nunca tuve el valor de confesarle a Andrea que el vaso sobre el piano… era el mío.
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Y si después de la algarabía de cargar tus penas aprendes a convivir con ellas, hasta que llega un momento en que entiendes que todo el mundo carga algo y que lo tuyo, a más de pasadero… te empieza a acompañar en el camino y te gusta, hasta que llegas a un patio sombreado que te hace suspirar y te invita a quedarte.
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Un sano masoquismo cuando entiendes que nadie es perfecto y siempre hay alguien más fregado y va con la sonrisa al frente. Porque quejándose de todo, sobretodo… de su propia existencia y sin orden ni continuidad tasable ¿Quién va a buscar la pasión de los abrazos?
Así era ella, Alma, en la mañana un ejemplo, en la noche una pesadilla con olor a alhelí, camino a la alborada era el dulce de los dioses para llegar a acostarse con su ego y cambiar su regazo por mi pecho, para contar sus penas como si fuera algo cotidiano en la almohada y no una casualidad andar vestida disfrazada de aristócrata pasada de moda en la añoranza
Me desabotoné la camisa y Alma con aire ausente se paró a apagar la luz, suspiro y regresó a la cama, se quedo quieta esperando ¿O no era ella la que regresó? Girando sobre su costado para quedar a mi lado en una empatía de sol y luna, con la ropa puesta. Para sentir como profanaba su cuerpo esperanzado mientras le desvestía debajo de las sabanas, para encontrar sus senos firmes sobre su breve cintura mientras sabían mis dedos explorándola, y yo no daba crédito de la oscuridad, ni percibía nada más que su aliento a mandarina y algo como una invocación saliendo de sus labios mientras exploraba su cuerpo. -¿Yo casarme?- Y terminamos sin azahar, haciendo el amor como locos cerca del mar y a escondidas de las travesuras de la iluminación.
Algo supe en esa oscuridad, que su sonrisa no terminaría nunca, que eras más suave, que quien no teme a la luz ama, y que cuando despertabas sobresaltada, te abrazabas de mi en vez de prender la luz en melancolía congénita y era para una sonrisa. Salimos del pequeño hotel y vi tus ojos llenos en la algarabía de la calle buscando el rocío en las alas de las mariposas y escondiéndote del sol, llegamos al mar y otra vez te quitaste la ropa y nadaste hacia las olas mientras yo te miraba, ahora extasiado con la luz, viendo al mar esconder tu cuerpo entre su espuma.
Uno puede estar equivocado, pero ¿Que tiene que ver lo azul del cielo con esto? Solo que te cambiaba la voz mientras escuchabas atentamente para no prestar atención entre la ternura de solo depender del tacto, de tus labios y tus dedos para esconder tus lágrimas de mi vista, de la nostalgia de mi vida. Algún día regresare al patio de los suspiros.
Ahora entiendo que tu huida salvó mi vida y tengo que agradecerte a ti esa segunda oportunidad y se que, ni soy especial, ni colecciono almas para decirles todo el tiempo lo bonitas que son o que su leche es la más dulce. Te enseñé mi desasosiego, ahora me arrepiento, después de tantos años y aun pretendo que la lluvia no me alcance mientras me quedo absorto, esperando que nadie me recuerde, en ese viejo bar.
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-Cuando tienes esa mirada puesta en mí, me das mucho miedo; es fácil adivinar tus intenciones en el como te me quedas viendo y claro percibo que la mueca en tu rostro ayuda a intimidarme-ffice ffice" />
Esa tarde solo me había detenido un poco más de lo prudente en mirar tus piernas y fue suficiente para esa mirada de odio eterno clavada en mí, que no agradeció el cumplido de mis ojos, te volviste voluptuosa hacia mí y enseñaste un poco más de lo que ya sabías que tenías, para demostrar quien manda, levantaste las cejas.
Y eso fue la primera, porque después fue la de tus manos largas acariciando el dobladillo de tu falda y dejando fríos mis ojos por un momento más de lo sensato, que conociéndote solo podía haber sido un instante infinitamente pequeño, fueron esas las razones de codiciarte con la misma fuerza que tu te enojabas de mis visitas a tus cuerpo, aunque solo fueran con la vista.
Aunque, en verdad, nunca comprendí por qué tu escote no tuviera ningún interés para mi, ni preocupación para ti. Pertenecías a un auto de fe original, las insignias eran indiferentes y aun cuando fuera una huella en la arena se podría suponer que fueras desigual y atractiva nada más por evitar ser capturada y sometida por solo una mirada de reojo.
Recuerdo que en la planta baja del edificio había un pequeño café de turcos que servia a veces de escondite a todas esas personas que no quieren ser vistas y al mismo tiempo, estar en un sitio público de esos que a todas horas tiene clientela y movimiento para pasar desapercibido, y eso a pesar que el dueño pone siempre el fútbol de España en la televisión del local.
Fue una cierta sorpresa haber terminado así, el saber que lo turbio y oculto era una manera de ser tuya y terminó por desaparecer como la buena puritana que eres, y ese día que salió a conocer el lenocinio de noche y solo en la parte más apagada del salón… para después quejarse de que no alcanzo a ver nada.
Así fue nuestro paraíso escondido, cuando eran épocas en que el edén solo era tener dinero para el café y dormir escondidos por ratos en ese cuarto oscuro de doble chapa y triples cortinas en que tantas vergüenzas dejamos, escondidos de nada y de nadie para levantarnos siempre desconocidos, después de entrar separados ambos y salir a escondidas.
Bueno, que más da, al fin me acostumbré a hacerte un amor callado, con la luz apagada y siempre bajo las sabanas, pero ¡Como poder perdonarte si nunca te arrepentiste de nada! Si siempre supiste en que momento volverte amedrentadora para negar haberme conocido, y poder dejarme estigmatizado y proscrito de tu vida, escarbando el lodo de tu recuerdo. Y todo porque me salvaste la vida con tu escaso cariño y es imposible no seguir queriéndote sin condición.
Al final eso no solamente era una practica inmemorial por joderme, la había inventado en sus noches de insomnio en que al final no sabía donde estaba, pero adentro o afuera, que importaba donde amaneciera si a final de cuentas era tan fría en su casa como la calle sombreada del parque.
Aunque a veces alcanzaba a sentir tus lagrimas corriendo húmedas sobre nuestras mejillas en la oscuridad y siempre podía voltear y ver de donde venía; desde una tumba acedia de la que se podía salir incólume solo si comprendías que el tiempo recorre lamiendo lentamente tu cuerpo ya salado de tanto llanto, mientras transcurre sobre tu alma retrasada en una oscuridad perfecta que no deja ver el reloj.
Me levanté a tientas, corrí la cortina triple y deslumbrado busque algún rastro adentro o afuera que me indicara donde estabas, ahí, supe que no regresarías.
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Semana Mayorffice ffice" />
Me veo caminando hacia la cochera, con las manos en los bolsillos acariciando las llaves de la motocicleta y la vista baja mirando la piedra del piso de cantera, tan desgastada por el tiempo que se vuelve resbalosa en un patio grande y lleno de azulejos de diferentes colores que saben lo difícil que es que pase el tiempo por ellos y no se acaben todos los índigos y los blancos de su vidriado, esos que hacen parecer las tardes más largas y los días tan radiantes. Pero bueno, lejos de decir lo que pasó, me interesa saber que pudo haber sido de ambos, porque ¿Qué puede haber después del vértigo de la velocidad? Solo una dualidad en la que esa frontera del entorno se desvía en pequeñas verdades, que ya no tienen sentido si no las expresaste en el debido momento, se desdoblan como cuando te ves enfrente de un espejo amplio y no distingues una de otra.
El frío calaba más que de costumbre esa mañana y yo, seguía creyendo que era inmune, pero era solo una obsesión de lo más pura, de quien tiene una relación enfermiza consigo mismo, en la que obviamente soy mi principal adversario, pero al final existo en lo que quiero ser; un rasgo, solamente algo débilmente trazado en la vida sin hoy continuo ni mañana seguro. La línea blanca descansaba en medio de la carretera dejando pasar un tramo sin nada de vez en vez, me gusta verla pasar y pasar, como prende y apaga intermitentemente, hasta que finalmente la dejo de lado, la carretera termina (Al menos para mi) en una cafetería en donde pregunto a la primera persona coherente que veo ¿Dónde estoy? Y me responde que el tampoco sabe ni donde está, ni que quiere. Creo que me encuentro en la serenidad de un limbo que no deja espacio para averiguar más y solo es un sueño recurrente. Las llaves siguen pegadas a mi mano esperando una orden para llevarme de regreso al asfalto. El piso, la pared, la carretera y todo, todo está hecho de lo mismo y es igualmente monótono, hasta que llego al café y pruebo la primera taza, siento el calor en las manos y el cuerpo, se que algo va a pasar pero prefiero pedir indicaciones del camino que aventurarme así sin más.
Adonde… pues no es problema, porque tengo viento a favor, el espejo retrovisor está limpio y alcanzo a ver mi pasado mientras avanzo por un buen trecho hasta que se incorpora un árbol al paisaje, uno grande y verde que invita a su sombra que se proyecte muy lejos y resguarda del sol al vendedor de nieves -Alto obligado- Parece decir el letrero que lo anuncia. Son kilómetros y kilómetros con varias salidas y muchos regresos, pero al final del vagabundeo ¿Qué pasará? Solo veo una luz al final que deslumbra e impide avanzar, hasta que encuentras el supremo sosiego de ver al creador, al final, deslumbrándote inmortal. Regreso con los puños crispados, un sueño en uno y una visión en la otra mano, esa que no quiero abrir porque es la del acelerador y prefiero escaparme rápidamente de ese laberinto ahora que encontré la salida. El cansancio nos saca lo peor de nuestro carácter, esa indolencia que nos hace parecer apáticos y solo es lo que callamos tanto tiempo y ahora se vuelve una queja constante, pero simplemente… que me importa. Me doy cinco minutos de respiro y no pasa nada cuando suelto el acelerador. Al final tomo un atajo en tierra para evitar el último tráfico y ahí estoy en medio de la procesión, llena de morados y flores sangrantes que confinan lo purpúreo en lo cruel de nuestra humanidad.
¡Que difícil calificarnos! Es como etiquetarnos, pero ¿Con que derecho y para qué? Bueno, en fin el café fuerte y la gente amable fue lo mejor de la mañana y a las tres de la tarde ese recuerdo que te oprime, de quien no sabe y te deja pasmado, depurado y limpio en ese momento en que recuerdas a quien le debes todos los colores y las distancias, en una representación que peca de tierna mientras esperas que termine de pasar y te deje la vía libre para llegar a ninguna parte ¿A quien debo hacer caso, sino a mi mismo?
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Era la menos secreta opinión de la discreta insensatez por la hondura con que trataba de ser ella misma, siempre dependiendo, siempre buscando para salir de ese agujero negro de no saber. Al final, Reina sabía que eso ya no era ella misma, ese juego de palabras en que se envolvía para esconder sus noches de soledad, los enredos y el tratar de evitar ser comprendida, era su manera de ocultarse de si misma.
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Junto a ella estaba la maleta hecha, y en la mano el boleto de ferrocarril, que sin fecha esperaba ser confirmado, una cosa era segura; el destino a que no quería llegar. En la estación, esperaba entre ráfagas de viento los primeros pasos que rompieran la tranquilidad matinal para dejar caer unas monedas en la maquina de café, volteó y ahí estaba, impresionantemente largo y con las puertas abiertas, como para devorarla, el tren a ninguna parte esperando ser abordado.
Claro que sabía algo, y era que no regresaría, ha muerto su alma melancólica y se quedó sola con muchas tardes grises juntas y solo un orgasmo compartido, hilvanado frase a frase sin hacer ninguna oración completa. Atrás quedaban las tardes de angustia en que no podía intuir si su apasionado cariño se despediría con algo más que un beso y la mano sudada, nerviosa sobre ella misma.
Si, la sensación de mejor amiga era unida a sus sentimientos encontrados cuando sentía los toqueteos distraídos y casi ingenuos con los que ya no podía convivir, pero que a final de cuentas aun le quitaban el sueño, cuando llegaba a su cuarto, entraba, se desnudaba y se recargaba contra el espejo para sentir esa necesidad imperiosa de besar el cristal, de continuar tocándose y diciéndose ella misma esas palabras que sonaban a declaración de amor, sin compromiso, sin interlocutor, y que en los labios de otra mujer que no estaba ahí, se entreveraban con sus suaves quejidos cuando se colapsaba en llanto al final de hacerse el amor solitaria, imaginando cosas que ya no serían y que al final nunca fueron.
Sus ojos tenían la perfecta serenidad de a quien no le importa ser examinado y su tranquilidad azulosa me recordaba las tardes en que se quedaba quieta, esperando ser hurgada por los dedos livianos que ya no están adosados a su piel en las tardes calurosas que ya no transcurren.
Lo recordaba perfectamente, había llegado a la estación por su propia inercia y se quedó esperando una salida a cualquier parte, tenía esa cara larga y la nariz afilada que ahora de desvive en otear el infinito en las tardes, esperando que la alcance, ahora ya solo habla con dependientes o clientes de oficios que no tienen nada que ver con su vida en el fastidio, de oír a otros contar sus penas, como herramienta inútil en que su memoria la hace regresar a prometerse ella misma…
–Ahora si, bajaré hasta donde quieras y empujaré más y más, hasta que tus labios lleguen a esa rosa que dejaste caer en mi falda-
Dejar hacer y dejar pasar, aunque solo sea por cinco minutos para recordarlo siempre, sin otro motivo que volver a tener sus labios cerca y sentir cerca su respiración, dulce y tranquila.
Ahora, no recuerdo con certeza el porqué me fije en ella, si solo era una maleta abandonada en la estación, inconciente de que el tiempo pasa y no iría a ninguna parte, daba vueltas abandonada en la banda transportadora de la terminal, con estúpida exactitud anunciando el nombre de su propietario, Reina, Reina. Uno piensa en una gran ciudad para destino, pero termina acostumbrándose a una pequeña estación a medio camino en un pequeño pueblo húmedo y mal iluminado para dejar las miserias arrumbadas y solas, mientras… transcurre la vida.
Mientras, la dueña de la maleta abandonada, baja la vista en el cuarto de un pequeño hostal que no tiene nombre, algo totalmente inédito en su vida, vuelve a pensar en que será de su pasado, olvidado a propósito en la maleta dejada en la cinta transportadora a su suerte.
Se desnuda de la única muda de ropa que le queda y se mete abajo del chorro de agua caliente de la regadera, cierra los ojos y lentamente se va del pasado mientras siente escurrir sus recuerdos con el agua que escurre haciendo ruido sobre su cuerpo y llevándose el tiempo.
Sus miedos, uno a uno, se van disipando en su mente mientras el ruido del agua apaga sus recuerdos, sus dedos van tomando forma de palabras mientras se encuentran nuevamente con un cuerpo, cada vez más terso y se figura, apretando sus manos contra su cuerpo, otra vez viva, es como si nada hubiese pasado y no sabe si extraña o no, si esta ahí o no.
Cerró la llave del agua caliente con fuerza y jaló aire profundamente tratando de conservar la respiración, mientras, la lluvia fría del chorro la hacia volver a la realidad y aspiro una bocanada profunda que llenó sus pulmones para exhalar después lentamente sintiendo que el aire es totalmente nuevo y sus pulmones lo aprovechan al máximo.
Como si se quisiera esconder de ella misma, tomó la toalla y la extendió, pero prefirió dejar que el agua escurriera de a poquitos entre su cuerpo y guardar la toalla seca para el día siguiente. Abrió la puerta y la ventana del baño que dejaba ver a lo lejos las montañas, se acostó aun húmeda sobre la cama para dejar que la brisa que entraba entre las cortinas la refrescara.
Los muertos están tapados con la tierra de su pasado, ella solo se hecho una sabana blanca encima para que la acariciara placidamente mientras conciliaba el sueño. Si es capaz de dormir, sabe que podrá despertar sin sus memorias, para dejarse llevar de nuevo pos la vida.
Desgraciadamente si la soledad solo es nuestra, ¿Por qué insistimos en que ese desierto es de dos?
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Entonces todo empezó a acomodarse en su justo lugar, en mi divagada mente el desasosiego crecía mientras las dudas se hacían más duras.
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-¿Como te va Manuel?
-Pos aquí no mas, que onda con vos ¿Flojita y cooperando?
-¡Lépero!
-Mira mi Guille, tú crees que eres tu ego, pero no es cierto, eres tus hechos y tus pechos. Veme a mi, ahí la llevo, agarro cojo me levanto y me desocupo y vivo tan tranquilo
-Eres un seductor, que evade fácilmente cualquier responsabilidad
-Va por Dios
Pero si yo no hice nada, solo esperar que respondiera, si o no, y lo que logré fue una diatriba sin sentido, porque a final de cuentas no se que significa
-Pásame los panes, que vienen en caravana las gulas de mi alma
-Goloso
-¡Quien no con esas curvas!
-¿Cuál sería la mejor excusa para estar juntos hoy?
-Mmm Manuel ¡Tienes un pasatiempo enfermo y patético!
-No te creas, tengo algunas dudas cuando trato de racionalizar y contigo es peor ganar que perder
-¿Por qué?
-Porque hay que afrontar el éxito y esta… canijo
Y lo peor es que al final, es un simple volado, águila o sol, esa incertidumbre por saber que quiero.
Entre la exageración y lo grotesco
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